Viajes – Europa – Grecia – El Peloponeso – David

Día 1. Llegada a Atenas y Sunión.

Martes, diciembre 14th, 2010

Mi segundo viaje a Grecia tuvo lugar en junio de 2009, poco después de haber pasado una semana en Florida. A pesar de que ya había estado el año anterior visitando Atenas y algunos otros lugares cercanos, me había quedado con ganas de ver más cosas. Así que aproveché una buena oferta para volar con Iberia por algo menos de 80 euros y me preparé para ver, en esta ocasión, el Peloponeso.

Esta zona de Grecia, situada al este de la capital, Atenas, toma su nombre del mítico héroe Pélope y de la palabra griega nisos (isla). Se trata de una región con una belleza natural incalculable, desde las cimas nevadas de sus montañas, sus valles recorridos por ríos y poblados de cipreses y limoneros, hasta sus hermosas playas. Zona de gran relevancia estratégica a lo largo de la historia, alberga los restos de ciudades míticas y legendarias, como Micenas, que en su momento fue el centro de la civilización micénica, o la antigua ciudad de Olimpia, cuna de los Juegos Olímpicos, así como Esparta, donde nacían los guerreros más temidos del planeta, o Corinto, una de las ciudades más importantes de la antigua Grecia por su ubicación geográfica.

Me habría gustado contar con un par de días más para haber visto más cosas del Peloponeso, pero 5 eran los días que tenía y ni siquiera eran completos. A pesar de todo, pude ver bastantes cosas y disfruté del buen clima que había en esa época del año.

Salí de Madrid el 22 de junio de 2009 por la mañana en dirección a Atenas, en un avión de Iberia que tardaría unas 3 horas y media en completar el recorrido. Como ya sucediera el año anterior, mi amiga fue a recogerme al aeropuerto pues ella iba a ser mi compañera durante ese viaje por Grecia.

008 - Sounio.JPGNuestro primer y único destino esa primera tarde iba a ser el cabo Sunión, situado a unos 60 kilómetros al este de la capital helena, y en el que se encuentra el Templo de Poseidón, un templo griego de 25 siglos de antigüedad situado junto al Mar Egeo y que ofrece la posibilidad no solo de deleitarse con la construcción en sí sino también con el paisaje que hay alrededor. Las vistas que hay del mar que rodea la zona son bastante impresionantes, y aunque tuvimos que pagar 4 euros por entrar al recinto debo confesar que mereció la pena darse un pequeño paseo por allí. Lo único malo fue que hacía demasiado viento y era algo incómodo, pero yo aconsejo ir allí de visita. Si no tenéis un coche para ir, siempre existen excursiones organizadas, como por ejemplo la de Tour Trip Greece o la de Hopin.

Volvimos a Atenas antes de que anocheciese y nos fuimos a cenar a un sitio bastante bueno, situado en el parque Alsos Papagou. Sobre todo me gustó el ambiente, en mitad de un parque lleno de árboles y todo muy bonito, un ambiente muy… chill out, que yo pensé que sería muy caro y tampoco fue así. Después de cenar nos fuimos a casa a descansar porque al día siguiente comenzaba nuestro viaje en coche por el Peloponeso.

Día 2. Corinto y Acrocorinto.

Miércoles, diciembre 15th, 2010

El segundo día del viaje por el Peloponeso nos llevaría desde Atenas hasta la antigua ciudad de Corinto y la fortificación de Acrocorinto. Aproximadamente había una hora de recorrido en coche, con algún peaje de por medio y buenas autopistas, así que más o menos llegamos a nuestro destino en el tiempo previsto. Eso quería decir que ya habíamos llegado al Peloponeso.

Antes de continuar con la historia de este viaje, contaré brevemente la historia de Pélope, el mítico héroe que dio nombre a esta región de Grecia.

Tántalo invitó a los dioses a una y les sirvió la carne de su hijo, Pélope, para demostrar su omnipotencia. Los dioses lo sabían y se abstuvieron de comer, todos excepto Deméter, que se comió un hombro de Pélope. Afortunadamente, los dioses consiguieron reunir todos los trozos de Pélope y reconstruir otro hombro con marfil. Tántalo fue colgado de un árbol frutal sobre un lago y condenado eternamente a sufrir sed. Pélope se encariñó de la belleza de Hipodamía, hija de Enómao, rey de Elia y competidor en carreras de carros. Un oráculo avisó al rey de que su futuro yerno le mataría y decidió dar la mano de su hija al que le ganara en una carrera de carros, advirtiendo que mataría a los que perdieran. Pélope asumió el desafío pero no jugó limpio, ya que sobornó al encargado del carro de Enómao para que sustituyera un radio de la rueda de su carro por uno de cera. Éste se rompió durante la carrera y el soberano murió, de manera que Pélope pudo casarse con Hipodamía y ser rey de Elia. El matrimonio tuvo dos hijos, Atreo (rey de Micenas y padre de Agamenón) y Tiestes.

Hay que tener presente que un GPS no garantiza llegar al sitio exacto aunque ese sea nuestro objetivo. Y no importa si el GPS habla griego o español, a veces estas cosas fallan. Parecía difícil no llegar a la antigua ciudad de Corinto pero así fue, y es que la falta de indicaciones en la carretera y unos mapas, teóricamente, poco cuidados en pueblecillos y carreteras de poca monta derivan en estas cosas. Para explicarme mejor, diré que la ciudad de Corinto, la nueva, está situada junto al mar, a un lado de la autopista, y al otro lado de la autopista, a unos 7 kms de distancia, se encuentra la antigua ciudad de Corinto. La salida de la autopista no es la misma para ir a un sitio que para ir al otro, y eso el GPS no debía tenerlo muy claro. En cualquier caso, después de dar alguna vuelta que otra, conseguimos dejar el coche en un parking de tierra y fuimos andando hasta las ruinas de la antigua ciudad de Corinto.

011 - Antigua Corinto.JPGLa entrada al recinto cuesta 6 euros, aunque merece la pena pagar si queremos ver las ruinas porque por fuera se ve más bien poco. Una vez accedimos, y tras hacernos con un pequeño mapa sobre las cosas más interesantes que había que ver, comenzamos nuestra visita. Lo primero que vimos fue la Fuente de Glauce, que parece cualquier cosa menos una fuente, y que se trata de uno de las construcciones más primitivas de la antigua ciudad de Corinto. Afortunadamente, y quizás por ser un día entre semana, me di cuenta de que había muy poca gente de visita, y eso también se agradece mucho, además del calor que hacía. Continuamos nuestra visita y seguimos hasta el próximo destino, el Templo de Apolo. A pesar de que no es el templo de la Grecia clásica que mejor se conserva, sí tiene algunos elementos que lo hacen prácticamente único, como sus columnas de una sola pieza, algo poco común en los templos que aún se conservan. 016 - Antigua Corinto.JPGContinuamos caminando por allí, viendo algunas ruinas que difícilmente podían identificarse con edificios concretos, pero que sin embargo antaño habían sido tiendas, templos o altares dedicados a los dioses. Después de deambular por allí un buen rato, llegamos a uno de los lugares qué más cosas me transmitió de la antigua ciudad, la Fuente de Peirene. Y es que, aunque su estado de conservación es relativamente bueno, lo que más llama la atención es el agua que sigue fluyendo en su interior y que, curiosamente, sigue abasteciendo de agua a la nueva ciudad de Corinto, situada unos kilómetros más al norte. Cuando vi el agua, pensé que podía tratarse de algún canal que llevaba agua de la lluvia de algún día anterior o algo así, no le presté demasiada atención, hasta que pude leer el cartel que hablaba sobre esta construcción y sobre el hecho de que seguía funcionando como fuente. Desde aquí pudimos caminar hacia la salida por la carretera de Lechaion, un camino hecho 026 - Antigua Corinto.JPGexclusivamente con mármol y que comunicaba el ágora de la antigua ciudad de Corinto con el puerto, más al norte. A ambos lados de este pequeño trozo de calzada que aún se conserva pudimos observar otros edificios en ruinas, como el períbolo de Apollo, unas termas romanas (de Euricles), una basílica romana bajo la cual existen los cimientos de un antiguo mercado griego y un mercado semicircular. Un poco más adelante ya estaba la salida de la antigua ciudad, aunque en el exterior, caminando hacia el oeste, había dos cosas más que se podían visitar de manera gratuita. La primera que nos encontramos fue el Odeón de Corinto, un pequeño teatro que construyeron los romanos durante su ocupación y que tuvo diferentes usos mientras duró la misma. Y la segunda fue el teatro de Corinto, del cual apenas se conservan unas pocas estructuras.

Una vez concluimos esta primera parte de la visita, fuimos de nuevo hasta el coche y nos dirigimos hasta nuestro siguiente destino: Acrocorinto. La que en su día fuera la acrópolis de la antigua ciudad de Corinto se había convertido con el paso de los siglos en una inexpugnable fortaleza que había servido tanto a los francos durante sus cruzadas como al imperio otomano durante su ocupación. Para llegar allí, nuevamente, el GPS no nos fue de gran ayuda porque hay que ir por carreteras que ni siquiera pueden considerarse como secundarias. No obstante, preguntando se llega a todas partes y finalmente fuimos capaces de encontrar el camino.

031 - Acrocorinto.JPGCreo que uno no es capaz de imaginar lo difícil de tomar una plaza fuerte como Acrocorinto hasta que llega allí. Hay que pensar que antes no existían coches, ni zapatillas deportivas, tampoco se podía vestir una camiseta cuando hacía calor, ni todas las cosas que hacemos actualmente. Imaginar a un ejército intentando tomar esta fortaleza es cansino por todo lo que debía conllevar. El acceso era gratuito, cosa que entendimos a los pocos minutos de comenzar la ascensión. Apenas había escaleras, tan solo rampas con piedras lisas que provocaban más de un resbalón, y parecía no haber límite a la hora de subir. Si a eso le añadimos los más de 30ºC que teníamos aquel día, se antojaba como una misión imposible llegar hasta lo más alto de Acrocorinto. Y así fue. Según mis cálculos, nos quedamos a medio camino entre la entrada y el punto más alto, donde curiosamente algunos aventureros habían conseguido llegar. 035 - Acrocorinto.JPGPuedo asegurar que el esfuerzo para llegar a ese punto del camino había sido muy fuerte y no me podía imaginar cómo alguien había llegado hasta la cima con ese calor tan insoportable. Como nuestros cuerpos no podían más y la hora de comer se estaba acercando, decidimos comenzar el descenso por aquellas rampas, que fue más peligroso si cabe que el ascenso, pues resbalar mientras se baja es peor que resbalar mientras se sube. Eso sí, antes de subirnos nuevamente al coche, paramos en un pequeño bar-restaurante-tienda para comprar un poco de agua e hidratarnos, que falta nos hacía.

Fuimos a comer a Kato Assos, uno de los pueblos costeros que hay cerca de Corinto y donde abundan los restaurantes pegados a la playa. Teníamos intención de quedarnos luego a tomar el sol y bañarnos, pero se nos empezaba a hacer tarde y todavía no habíamos alcanzado nuestro último destino, en el cual solo pararíamos a dormir. Después del café, cogimos nuevamente el coche y fuimos hasta Trípoli, ciudad en la que prácticamente termina la autopista que lleva desde Atenas al sur del Peloponeso. Allí teníamos una habitación reservada en el hotel Anaktorikon, situado cerca de la plaza Areos y sus parques. Fuimos a cenar a un restaurante cercano y, como estábamos muy cansados, fuimos a dormir porque al día siguiente debíamos continuar el viaje.

Día 3. Mystras y Esparta

Miércoles, diciembre 15th, 2010

El tercer día del viaje por el Peloponeso nos iba a llevar hasta Mystras y Esparta, situadas al sur de Trípoli. Como ya comenté anteriormente, a escasos kilómetros de esta ciudad terminaba la autopista que inició su camino en Atenas, y a partir de ese momento comenzamos a probar las duras condiciones de las carreteras de segundo orden en Grecia.

Recorrimos los 60 kilómetros de distancia entre Trípoli y Esparta en una hora aproximadamente. Lo primero que hicimos fue aparcar el coche cerca de la plaza de Esparta, posiblemente el centro de la pequeña ciudad, y nos adentramos en la misma para tomar algo en una de sus múltiples terrazas. El día era, sencillamente, excepcional. Mucho sol, no demasiado calor y un ambiente muy agradable. Sin embargo, nuestro destino ese día estaba a unos 5 kilómetros más al oeste, pues nuestro hotel estaba en Mystras.

Una vez terminamos de tomar algo, cogimos nuevamente el coche y recorrimos la breve distancia que nos separaba de nuestro próximo destino, la ciudad nueva de Mystras. Llegamos a nuestro hotel, el Byzantion, dejamos nuestras cosas en la habitación y nos dirigimos a la entrada principal de la ciudad vieja.

Antes de empezar a contar la visita, haré una breve introducción de qué íbamos a ver ese día. En el monte Taygetos se encuentran esparcidas las ruinas de lo que un día fue la imponente población de Mystras, coronadas por la fabulosa fortaleza, construida en 1249 por Guillermo II, y que fue capital del despotado griego de Morea en los siglos XIV y XV. Los trabajos de recuperación de la ciudad fueron tan meritorios que en 1989 fue declarada Patrimonio Mundial.

043 - El Peloponeso.JPGLa visita se puede dividir en dos partes: la ciudad baja y la ciudad alta. En la parte baja es donde se encuentra la entrada principal, hay que pagar 5 euros y eso nos permite visitar todos los edificios que están dentro de la ciudad, tanto en una parte como en la otra. ¿Qué cosas pudimos ver en la visita a la parte de abajo? Bueno, lo primero que tengo que decir es que, al igual que en el caso de Acrocorinto, hay que tener un fondo físico bueno, pues en muchas partes nos tocará subir y bajar rampas con pocas comodidades. Comenzamos visitando la iglesia de Evangelistria y el pequeño museo que hay en uno de los edificios anexos, en el que se pueden contemplar fragmentos de esculturas y cerámicas de las iglesias de la ciudad. En esta primera iglesia de las muchas que se pueden ver en Mystras cabe destacar, al menos en mi opinión, no solo el gran estado de conservación sino también el ambiente que se puede respirar, un lugar de paz y tranquilidad donde el ruido apenas existe. Continuamos nuestra travesía 054 - Mystras.JPGhasta llegar a la cercana iglesia de San Teodoro, un ejemplo del estilo bizantino que predomina en las construcciones de la ciudad y que se puede ver tanto en el exterior como en los frescos de su interior, aunque algunos están en mal estado de conservación y apenas puede verse nada de lo que había antaño. Sin embargo, avanzando en nuestra visita, en la iglesia de Hodigitria-Afendiko se pueden ver unos frescos en bastante mejor estado de conservación. Alejándonos bastante de esta zona de iglesias podemos llegar al único lugar habitado de toda la ciudad antigua de Mystras, el Monasterio de Pantassa, en el cual viven unas monjas hospitalarias con las que se puede hablar, o al menos eso hizo mi amiga griega, solo que ella domina el idioma. Se puede entrar en el interior y observar no solo los frescos que hay en las paredes, sino también las pinturas del suelo y la rica ornamentación del interior.

Con eso dimos por concluida nuestra visita a la ciudad baja, aunque todavía hay más edificios que se pueden visitar. Sin embargo, nosotros decidimos terminar ahí para visitar la ciudad alta. Para acceder a la misma se puede optar por ir a pie, pero la ascensión es dura, y como cabía la opción de ir en coche hasta un parking en la parte superior, no lo dudamos mucho. Apenas se necesitan 3 minutos para subir en coche y pudimos entrar por la segunda entrada.

069 - Mystras.JPGHay muchos edificios que se pueden visitar en la ciudad alta, pero nosotros nos fuimos directamente hacia arriba, hacia la Ciudadela de Mystras, el castillo o fortaleza que construyeron los francos en tiempos de las cruzadas y que más tarde ampliaron los turcos en tiempos del imperio otomano. Lo más espectacular son las vistas que hay desde arriba del todo, pues se pueden los valles y las montañas que rodean esa zona del Peloponeso. Eso sí, el ascenso fue bastante duro porque hay zonas muy empinadas, y la bajada no es mucho más sencilla, aunque sí menos cansina. Una vez nuestras piernas volvieron a la normalidad, pensamos que lo mejor que podíamos hacer el bajar a la ciudad nueva y comer, porque ya se había pasado la hora. Afortunadamente, justo delante de nuestro hotel había una plaza con un par de restaurantes con terraza y pudimos saciar nuestra hambre sin problemas.

A pesar de que el día estaba algo fresco, el cuerpo nos podía ir a la piscina del hotel para bañarnos. Yo no fui capaz porque me pareció que el agua estaba demasiado fría y tenía la impresión de que la salida del agua sería aún peor, así que me dediqué a tomar un poco el sol. Todavía nos quedaba visitar la ciudad de Esparta.

072 - Esparta.jpgY es que uno no puede llegar a la famosa ciudad donde reinó Leónidas, el célebre rey de este aguerrido pueblo y más conocido aún gracias a la película de “300″, sin dar una vuelta por sus calles. No se puede esperar ver gran cosa porque apenas hay algo para ver. Tan solo cabe destacar la estatua de Leónidas que hay al norte de la ciudad, cerca del acceso a la antigua Acrópolis de Esparta, erigida en honor al gran rey de los espartanos y famoso por liderar a su ejército en la batalla de las Termópilas frente al ejército persa; y el antiguo teatro de Esparta, al cual se puede acceder gratuitamente aunque no es de los mejores en conservación que existen actualmente en Grecia. Los demás restos que se pueden ver en la Acrópolis no merecen la pena, algunos de ellos ni siquiera se puede adivinar qué son exactamente.

Volvimos nuevamente a la plaza Sparti para cenar y volver definitivamente al hotel, pues el día había sido nuevamente largo y cansino y nos quedaban 2 días más de viaje, aunque serían algo más relajados que los anteriores.

Día 4. Monemvasia.

Jueves, diciembre 16th, 2010

El cuarto día fuimos desde Mystras hasta Monemvasia, un peñón de apenas 2 kilómetros de longitud y 300 metros de altura que en el siglo IV quedó separado de la costa a causa de un terremoto y que hoy queda unido al continente por una lengua de tierra sobre la cual discurre un puente a través del cual pueden discurrir personas y vehículos.

081 - Monemvasia.JPGLlegamos a nuestro hotel, el Panorama, en Gefyra, el pueblo que hay situado frente al peñón, un hotel muy bien situado y con unas vistas espectaculares. A pesar de que teníamos ganas de entrar en el promontorio y verlo por dentro, primero fuimos a una playa situada al sur de Monemvasia, concretamente la que se puede ver en este enlace. Teníamos ganas de relajarnos y el día que hacía invitaba a ello, así que preguntamos en el hotel y nos aconsejaron ir ahí. La verdad es que apenas había gente, el agua estaba muy limpia y muy tranquila aunque algo fría para mi gusto, pero pudimos tomar el sol, descansar y disfrutar del lugar. Además, desde el punto en el que nos encontrábamos, teníamos una vista privilegiada de Monemvasia, tanto del peñón como del pequeño pueblo que había en uno de sus lados y que íbamos a visitar a continuación.

086 - Monemvasia.JPGDespués de un par de horas, nos fuimos al hotel para arreglarnos un poco, cogimos el coche y nos acercamos lo máximo que pudimos a la puerta de acceso a Monemvasia. El camino para ir andando es algo largo y aparcar por allí es difícil porque no es un lugar preparado para recibir muchos coches. De hecho, lo normal es aparcar en la carretera que lleva hasta el acceso al pueblo. Así que, después de caminar un poco desde el lugar donde habíamos dejado el coche y acceder al pueblo (gratuitamente), comenzamos a caminar por la calle principal de Monemvasia, una calle que carece de nombre pero que comunica la puerta de acceso del pueblo con el final del mismo, unos cientos de metros más adelante. En esa calle pudimos ver muchas tiendas en las que vendían todo tipo de recuerdos, así como bares y cafeterías y algunos restaurantes, aunque muchos de éstos estaban algo más recogidos en algunas bocacalles. Precisamente lo primero que hicimos fue comer093 - Monemvasia.JPG en uno de esos restaurantes, uno que daba precisamente al Mar Mediterráneo. Sin duda alguna Monemvasia puede calificarse como un lugar idílico, por la ausencia de coches, la ausencia de ruido, la ausencia de todo tipo de contaminación, la tranquilidad de sus pequeñas y estrechas calles… No sé si es un lugar para vivir (parece ser que actualmente residen 100 personas en su interior) pero sí es un lugar para pasar unos días de relax. Antes de comenzar la subida a la parte alta del pueblo, donde se encuentran los restos de la fortaleza, vimos algunas cosas más de la parte baja, como la iglesia de Christos Elkomenos, seguramente el edificio más conocido de Monemvasia.

098 - Monemvasia.JPGUna vez nos sentimos preparados, es decir, cuando la comida ya estaba más o menos asentada, comenzamos el ascenso. En esta ocasión, al menos en mi opinión, fue algo menos duro que el día de Acrocorinto o el castillo de Mystras. Quizás por el hecho de que había menos rampas con piedras lisas y más escaleras, y en algunos puntos era posible usar las manos como apoyo. Después de superar varios niveles, llegamos a la última muralla, la cual se superaba atravesando una arcada, y pudimos contemplar Monemvasia desde arriba y también buena parte de lo que había alrededor del peñón. Sin duda alguna debo confesar que las vistas eran increíbles, pues se podía ver el lado continental de Grecia y el Mar Mediterráneo. Además, en la parte superior pudimos ver por fuera (por dentro estaba cerrada) la iglesia de Hagia Sophia, una joya arquitectónica de estilo bizantino que se encuentra en uno de los puntos más altos del peñón. También pudimos contemplar algunos restos del Castello, la fortaleza que construyeron los turcos para defender el lugar y que, sin embargo, fue tomada por los venecianos a finales del siglo XVII. 105 - Monemvasia.JPGDespués de hacer algunas fotos desde lo más alto, comenzamos el descenso por el mismo camino por el que habíamos ascendido. Cuando llegamos abajo, hicimos un alto para hidratarnos un poco y comprar algunos recuerdos, porque es un lugar que merece la pena visitar si uno se deja caer por el Peloponeso. Fuimos nuevamente al hotel para descansar un poco, momento en el que aproveché para tomar una foto de Monemvasia mientras atardecía. Y para cenar, como no podía ser de otra forma, decidimos volver al peñón para ver qué ambiente se respiraba por la noche. Como había poca gente, la verdad es que se estaba en la gloria. Elegimos un pequeño bar con una terracita junto al mar, cenamos tranquilamente y luego volvimos al hotel. Cuando salimos de la ciudad antigua e íbamos al coche, lo espectacular estaba sobre nuestras cabezas, y es que un cielo sin contaminación lumínica ni de otro tipo ofrece unas vistas increíbles del firmamento, así como la posibilidad de ver la Vía Láctea, nuestra galaxia. Es la segunda vez en mi vida que la veo con tanta claridad y es muy bonito.

Día 5. Githio y vuelta a Atenas.

Jueves, diciembre 16th, 2010

El quinto y último día de viaje no íbamos a tener mucho tiempo para ver cosas, aunque sí aprovechamos para estar un rato largo en una playa de Gefyra. El gran incoveniente que tuvimos es que la playa era de piedras y no había tumbonas, así que teníamos que tumbarnos en el suelo directamente, pero nos dio tiempo a tomar un poco el sol y también a refrescarnos, aunque para mí el agua seguía estando fría.

110 - Gythio.jpgNos quedaba un largo recorrido por carreteras de baja calidad hasta Trípoli, desde donde la autopista comenzaba hasta llegar a Atenas, pero decidimos hacer antes una parada en un pueblo costero que, en su día, fue el puerto de Esparta. Hablo de Githio, la ciudad que, según cuenta la leyenda, fue fundada por Apolo y Heracles en señal de reconciliación tras una disputa mantenida al trípode que Heracles había intentado llevarse de Delfos, santuario del dios Apolo, para instituir su propio oráculo. Lo que hicimos fue movernos en coche hasta una zona llena de restaurantes pegados al mar y elegir alguno donde la comida nos gustara. Salvo el viento que hacía, bastante fuerte en ocasiones, me encantó comer en ese lugar. Recuerdo que pedí, para no arriesgar, pasta y carne, aunque también pedimos un plato con el típico queso griego, el feta. Ah, y no me puedo olvidar de los peces que estaban a un metro escaso de nuestra mesa y que comían pan como si fuese lo último que iban a hacer en la vida.

109 - Gythio.jpgDespués de comer, y antes de emprender el camino de vuelta, fuimos a una cafetería con una terraza cubierta para tomar un café y apuramos nuestros últimos momentos de descanso antes de subir de nuevo al coche. Hice alguna foto más del mar, porque cuando uno vive en una ciudad sin mar nunca sabe cuándo va a volver a verlo, y subimos al coche para llegar hasta Trípoli en una hora de viaje. Allí cogimos de nuevo la autopista que lleva hasta Atenas y en algo más de 2 horas llegamos a la capital helena. Me quedé con las ganas de ver la antigua ciudad de Micenas, que queda precisamente a un lado de la autopista, pero no siempre se puede ver todo en un viaje. En realidad, me quedan muchas cosas por ver en esta parte de Grecia, ojalá pueda volver algún día.

Al día siguiente, por la mañana, tenía que coger el vuelo de vuelta a Madrid. Sin duda alguna, me llevo grandes recuerdos de este viaje al Peloponeso.